– ¿Fracasó? -dije con simpatía.

– Hay algunos éxitos que son más peligrosos que los fracasos, y es el peligro lo que me ha arrastrado hasta las profundidades de esta gran ciudad, de vuelta con mis compatriotas.

– No hay muchos aquí -indiqué.

Hizo tal mueca que hasta le temblaron las mejillas.

– ¿Qué es lo que puede verse desde los pasillos de la ONU o desde las ventanas de su hotel? Tome un autobús y vaya a donde le lleven sus ojos, gire en alguna callejuela maloliente, y busque no un supermercado, sino un café que venda pastelillos caseros. Allí los encontrará a todos: desde los antiguos hombres de Anders hasta los bandidos de ayer.

De nuevo hizo una mueca. La conversación había tomado un giro que no me interesaba demasiado, pero Leszczycki no se dio cuenta: o bien estaba afectado por el alcohol, o simplemente necesitaba hablar con alguien.

– Son capaces de muchas cosas -prosiguió-. De llorar por el pasado, de maldecir el presente, de jugar toda la noche, y no disparan peor que los italianos de la Cosa Nostra. Simplemente hay una cosa que no saben cómo hacer, y es acumular capital o regresar a sus casas en el Wisla. No les molesta la reunión de Gomulka con Kadar, pero se pasan toda una noche hablando de mi tocayo Leszczycki, o le matan a uno si sabe dónde están ocultas las cartas.

– ¿Qué cartas? -dije, más interesado.

– No sé Leszczycki era el agente de algunos jefes del hampa. Dicen que sus cartas podrían hacer que algunos fueran devueltos a Polonia y otros llevados a la silla eléctrica. Parece ser que no hay ni un solo polaco en la ciudad que no sueñe en encontrarlas.

– Yo soy ese uno -me reí.

– ¿Cuál es su apellido? -me preguntó repentinamente.

– Waclaw.

– Entonces le llamaré Wacek… Como soy lo bastante viejo como para ser su padre, tengo derecho a usar ese diminutivo Lo cierto es, Wacek, que es usted un cachorro, un animal joven. Usted no ha vivido, sólo ha crecido. Usted no se perdió en las catacumbas de Varsovia, ni ha tenido que pasar un tiempo en los bosques y los pantanos después de la guerra. Por aquel entonces estaba usted mamando leche y yendo al colegio. Luego lo enviaron a la universidad, y alguien le enseñó a escribir notas para un periódico, y otro alguien le preparó un viaje a América.



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