– Eso no es poca cosa -comenté.

– Trivialmente poca. Incluso en esta monstruosa ciudad espera usted vivir en un capullo. Cree que no le pasará nada si vuelve a casa antes de medianoche. Y luego bye-bye. Déme el brazo.

Me dobló el brazo y palpó los músculos.

– Hay algo aquí -dijo-. ¿Ha hecho algún deporte?

– Un poco de boxeo. Pero lo dejé.

– ¿Por qué?

– No hay futuro en eso -dije indiferente-. Uno no puede llegar a ser campeón, y no lo necesita para vivir.

– ¿Y cómo lo sabe? ¿Y si repentinamente lo necesitara?

– No se preocupe por mi futuro -le corté. E inmediatamente lamenté mi sequedad. Pero no pareció ofendido en lo más mínimo.

– ¿Y por qué no iba a preocuparme por él? -me preguntó.

– Aunque no sea por otra razón, por el simple hecho de que muy pocos futuros me convencen.

– Puede elegirlo usted mismo. Yo le daré el empujón.

Fue muy rudo por mi parte, pero no pude contenerme y me eché a reír. Tampoco pareció ofendido esta vez.

– ¿Se pregunta cómo le empujaré? Así, -me mostró en su palma algo que parecía una cajetilla de cigarrillos con un extraño brillo lila, metálico, en su tapa. En el otro lado parecía haber unos botones planos.

– Gracias -dije-. Pero acabo de apagar uno.

– No es una pitillera -me corrigió pedantemente, al tiempo que ocultaba de nuevo el objeto en su bolsillo, como si temiese que yo le fuera a dar una mirada más escrutadora-. Si tuviera que compararlo con algo, lo haría con un reloj.

– Pero no he visto ni esfera ni agujas -dije cáusticamente.



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