
Hay tantos…
Se mira a sí misma y se ve con claridad…, pero ya no tiene ojos, ni manos, ni piernas… Entonces, ¿cómo puede verse?, se pregunta. ¿Cómo es posible que todavía sienta con una fuerza desgarradora las manos, las piernas, los ojos, la vagina?
¿Y la ropa? ¿Acaso está desnuda?, se pregunta con un asomo de coquetería. ¿Así la ven los Otros?
Está muerta. Lo sabe, puesto que se ve simultáneamente en el patíbulo, donde los hombres empujan con palas los repugnantes restos de su cadáver hacia el centro de la hoguera para concluir su combustión.
– Ah, mi hermosa María -masculla, exasperada-, cuántas cenizas… ¡Y pensar que no soportabas la más mínima mota de polvo!
Pero el dolor está ahí, impone su yugo a los miembros, a las vísceras, al cráneo ausente. Pero ya no es el dolor del fuego. Ese está, ¡oh, sorpresa!, infinitamente lejos. La nueva sensación es distinta, masiva pero difusa: parece una sed monstruosa, imposible de saciar, que afecta a todos los sentidos, ¡aunque ninguno de esos sentidos existe ya!
¿Se debe eso a que ha tocado a un Vivo, a su hijo? ¿O a que ya no está viva?
Quiere aullar de incomprensión, pero se da cuenta de lo ridículo del asunto: un muerto -o lo que queda de él, unas migajas de carne carbonizada- ¡no berrea!
– ¿Es una broma? -se pregunta, sintiendo nacer en ella la rabia por la banalidad de sus percepciones-. ¿Soy realmente un espectro?
Si no estuviera tan ocupada examinando su nuevo estado, los dientes le castañetearían por el miedo. No es así como había imaginado el paso al otro lado. ¿La muerte, pues, no significa el final del sufrimiento? La deja estupefacta comprobar que es capaz de pensar a pesar de la oleada de sufrimiento que la golpea, que ese pensamiento consiga incluso dividirse entre la curiosidad y un quejido indignado:
