
Me marcho. Ahora tengo que ir a matar a los culpables.
Primero a mi padre adoptivo, que traicionó a mi madre. Luego a mis otros padres: el primero, el amante que no quiso saber de ella, y el segundo, el pintor que la violó.
Después, a los demás: a los vecinos delatores, al juez y quizá hasta al marqués que trajo de Madrid el leño bendecido para la hoguera. Y al cerdo del rey, si llego hasta él antes de que me maten.
Escondo los ojos bajo el ala del sombrero porque estoy llorando. Aprieto el paso y lloro más.
María, tu hijo Juan ha regresado y tú ya no estás aquí.
Y ya no puedes oírme, querida madre.
Con las piernas colgando sobre el pretil, la mujer que ya no estaba entre los Vivos observa a la silueta alejarse.
– Mi bobo hijo, sin tus lágrimas no te habría reconocido. ¿Por qué has vuelto de tu Italia? ¿Habré sufrido para nada las tenazas y el torno?
Un enorme odre de tristeza estalla en su interior. Ha sido reducida a cenizas antes de que pudiera abrazar a ese vástago tanto tiempo ausente. Y su primer acto, después, ha sido aterrorizarlo.
– Idiota -se dice con rabia-, las llamas no han mejorado tus entendederas.
La improvisada plaza parece una explanada invadida por la bruma y las sombras en movimiento. La criatura comprende que las sombras indefinidas son los Vivos. Solo los objetos carentes de vida se perfilan claramente entre la neblina que ha sustituido a la luz de antes del suplicio: las murallas, el patíbulo, las colinas a lo lejos y hasta un tramo de río. En algunos cadalsos, junto a las formas inconsistentes de los Vivos, se asoman…
– ¡Fantasmas! -constata la mujer con una intensa curiosidad-. ¿Como yo?
