
Ese rostro magnífico que me prometí dibujar durante todos los años que permanecí huido.
Mi madre. Mi corazón. Mi vida.
Habría dado mi vida por ella, pero al ver su carne medio carbonizada y aún temblorosa descubro que no habría sido capaz de reemplazarla. Y sin embargo, prometí a esa mujer que siempre la protegería. Con mi vida, le juré cuando era un mocoso, antes de que ella me obligara a huir a Italia. Ese juramento, no obstante, lo pronuncié para mis adentros porque ella odiaba esos desahogos. Sobre todo conmigo.
Señor, Tú que en Tus Libros sagrados dices prodigarte en la Misericordia, ¿has abandonado a esa pobre mujer? ¿Qué te ha hecho que mereciera tanta ira? Era hermosa y te honraba. ¿Tan rencoroso eres?
¿O acaso coleccionas los sufrimientos de Tus hijos en los estantes de Tu Creación cual un señor vanidoso que acumula sus trofeos de caza?
Dios, no eres más que un… que un…
Ningún insulto está a la altura de mi cólera. Ni de mi debilidad. Quisiera que mi blasfemia hiciera caer una piedra sobre mi cabeza, morir al instante y dejar de presenciar esta monstruosidad. Escupo en el suelo. Escupo sobre mí mismo, sobre mis gritos de cobarde, de cobarde llorón. La agonizante en la hoguera ha dejado de gemir, probablemente haya muerto. Y yo sigo en este mundo. En este sucio mundo. Sin haber cumplido mi promesa.
Y…
¿Qué me pasa? He estado a punto de caerme…
Un gran peso se ha abatido sobre mí como si un niño caprichoso y pesado se hubiera lanzado a mis hombros y no quisiera soltarse. Giro la cabeza, dispuesto a increpar al mocoso que ha osado semejante atrevimiento.
No tengo a nadie en la espalda, pero la impresión de fardo no ha desaparecido. Al contrario, se ha añadido incluso una sensación de hielo en la nuca. De sobrecogimiento imprevisto. Esbozo un gemido que se metamorfosea en un resoplido de terror. Intento equilibrar la carga en ambos pies. Pero el suelo parece hundirse y tengo el absurdo convencimiento de que inicio una caída mortal.
