
«¿Eres tú, madre? ¿Te duele? ¡Uf, cómo pesas!»
¿Por qué he pensado eso? Las preguntas, y luego la constatación, salidas de una parte de mi cráneo, caminaron a lo largo de los meandros de mi cerebro, reventaron sin piedad las últimas resistencias de mi entendimiento, mientras mis ojos miraban de nuevo fijamente la hoguera en la que el verdugo y sus ayudantes ahora reaniman el fuego. El cuerpo atrozmente inmolado de mi madre está allí. Sin embargo, el peso en mis hombros es tan real que protesto escandalizado: «Madre, bájate de mi espalda. Es ridículo. Estos juegos ya no son propios de tu edad».
Debería estar aterrorizado. Y la mayor parte de mi ser, a pesar de su incredulidad, lo está hasta la médula. Solo una ínfima fracción se resiste y quiere explotar de alegría.
Pero ¿qué estoy diciendo?
Está muerta…
Pero ¿lo está de veras?
– ¡Vete a dormir la mona, capador de burros!
Un hombre endomingado me ha empujado con fuerza porque al tambalearme me he agarrado a su brazo. Murmuro una disculpa que me sale en italiano. Aún más hostil, el hombre masculla entre dientes una maldición contra esos extranjeros que ya no respetan nada.
La pena me hace delirar. O la locura. Un hijo no debería presenciar el ajusticiamiento de quien le dio la vida. Pero ¿acaso lo que sienta o deje de sentir todavía tiene importancia? Después del destino reservado a mi madre no valgo más que la carroña. La espantosa ilusión de un gran peso en mis hombros, los repentinos escalofríos, ese sobrecogimiento ante la idea de que me agarren por el cuello como un conejo solo pueden deberse al cansancio, a la pena y a la vergüenza.
