
– ¡Por Dios! -gritó Korne a Theresa-. Corre adentro y dile a mi mujer que prepare un caldero con agua caliente. Tu padre está malherido.
Theresa no vaciló. Subió a trompicones hasta los altillos donde vivía el percamenarius y gritó pidiendo ayuda. Tiempo atrás, aquel lugar se había utilizado como almacén, pero el año anterior Korne lo había acondicionado como vivienda añadiendo unos sólidos andamiajes. Una gruesa mujer a medio vestir asomó su cara adormilada con una vela en las manos.
– ¡Pero por todos los santos!, ¿qué gritos son éstos? -exclamó mientras se santiguaba.
– Es mi padre. ¡Deprisa, por amor de Dios! -suplicó desesperada.
La mujer bajó a saltos por la escalera intentando cubrirse las vergüenzas. Cuando llegó abajo, Korne y su hijo entraban por la puerta.
– Esa agua, mujer, ¿todavía no la has preparado? -bramó Korne-. Y luz. Necesitamos más luz.
Theresa corrió al taller y rebuscó entre el desbarajuste de herramientas que yacían desperdigadas sobre las mesas de trabajo. Encontró unas lamparillas de aceite, pero estaban agotadas. Al final dio con un par de velas, perdidas bajo un montón de retales. Una de ellas rodó bajo la mesa y desapareció en la oscuridad. Theresa cogió la otra y se apresuró a encenderla. Entretanto, Korne y su hijo habían apartado los cueros de una de las mesas para depositar el cuerpo de Gorgias. El percamenarius ordenó a Theresa que limpiara las heridas mientras él se proveía de unos cuchillos, pero la muchacha no le escuchó. Absorta, aproximó la vela y observó con horror el tremendo tajo que su padre presentaba a la altura de la muñeca. Nunca antes había visto una herida así. La sangre manaba a borbotones y empapaba ropa, pieles y códices sin que Theresa supiera qué hacer para evitarlo. Uno de los perros de Korne se acercó a la mesa y comenzó a lamer la sangre que goteaba en el suelo, pero en ese momento regresó Korne y apartó al perro de una patada.
