
Faltaban unos pasos para alcanzar la entrada cuando, inesperadamente, una sombra surgida de la oscuridad se abalanzó sobre ellos. Gorgias intentó reaccionar, pero apenas si tuvo tiempo de apartar a Theresa y empujarla a un lado. En ese momento resplandeció un cuchillo y la antorcha rodó calle abajo hasta precipitarse por un cortado. Theresa se apartó a la vez que gritaba viendo cómo los dos hombres rodaban por el suelo. Desesperada, corrió en busca de auxilio hasta la puerta del taller, que aporreó con toda su alma. Sintió cómo los nudillos se le despellejaban, pero siguió gritando y golpeando la puerta. A sus espaldas oía el forcejeo de los dos hombres luchando por sus vidas. Volvió a patear la maldita puerta pero nadie respondió. De haber podido, la habría echado abajo y habría sacado a rastras a sus ocupantes. Exasperada, se dio la vuelta y echó a correr pidiendo ayuda. En ese instante oyó la voz de su padre conminándole a que se alejara.
Theresa se detuvo sin saber qué hacer. De improviso, los dos contendientes rodaron y desaparecieron por un terraplén. La joven recordó a los soldados con que se habían cruzado momentos antes y se lanzó calle abajo con la esperanza de encontrarlos. Sin embargo, antes de llegar al mirador volvió a detenerse, insegura de alcanzarlos y más aún de convencerles. Entonces volvió rápida sobre sus pasos para encontrarse con dos desconocidos que se afanaban en atender a un ensangrentado. Conforme se acercaba reconoció a Korne y a uno de sus hijos, intentando levantar el cuerpo inerme de su padre.
