
El baño resultaba igual de femenino y de lujoso, con una bañera en forma de caracola grande. No era el estilo de Selena, que habría preferido una ducha, pero el gorro no era lo bastante grande para cubrir la gasa de la frente, así que llenó la bañera.
Disfrutó del placer del agua caliente y dejó que calmara sus huesos. Buscó entre los jabones hasta dar con el menos perfumado y se enjabonó con él.
Miró una hilera de frasquitos colocados sobre un estante, y cada uno lleno con cristales de un color diferente. Tomó uno con curiosidad, le quitó la tapa y arrugó la nariz ante el aroma, más potente que el de los jabones. Se apresuró a taparlo, pero tenía los dedos resbaladizos y el frasco cayó al agua y chocó contra el fondo con un ruido raro. Selena lanzó un grito de sorpresa.
Leo, que se hallaba en su cuarto situado enfrente, se disponía a entrar en la ducha y acababa de quitarse la camisa cuando oyó el grito. Salió al pasillo y se paró a escuchar. Silencio. Luego oyó otro grito.
Llamó a la puerta.
– ¿Hola? ¿Se encuentra bien?
– No del todo -llegó la voz débil de ella.
Leo abrió la puerta, pero no vio a nadie.
– ¿Hola?
– Estoy aquí.
Se acercó con cuidado a la puerta del baño, intentando no inhalar el aroma dulce e intenso que salía de allí y rodeaba su cabeza como una nube.
– ¿Puedo pasar? -preguntó.
– Si no lo hace, me quedaré aquí atrapada para siempre.
Avanzó con cautela y miró la caracola rosa. Selena estaba en el centro con los brazos cruzados sobre el pecho y lo miraba con miedo.
– He roto un frasco de cristales -dijo con desesperación.
El hombre miró a su alrededor.
