
Paulie saludó a Leo como, a un camarada, con palmadas en la espalda y anunciándole que lo pasarían muy bien juntos lo cual casi hizo gemir a Leo. Paulie estaba al final de la veintena y era guapo, aunque la buena vida empezaba ya a redondear sus rasgos. Se consideraba un hombre de negocios, pero su «negocio» consistía en una empresa de internet, la quinta que fracasaba rápidamente como había ocurrido con las cuatro anteriores.
Barton había acudido en su rescate una y otra vez, jurando siempre que esa vez era la última y cediendo siempre a las súplicas de Delia para hacerlo «solo una vez más».
Pero en ese momento Paulie acababa de reconocer a Selena.
– Te vi montar en el rodeo de… -soltó una lista de nombres-. Y también te he visto ganar.
Selena se relajó y consiguió sonreír.
– No gano a menudo -admitió-. Pero sí lo bastante para seguir adelante.
– Eres una estrella -declaró Paulie. Le estrechó la mano con las dos suyas-. Es un gran honor conocerte.
Si Selena opinaba lo mismo, lo disimuló muy bien. Había algo en Paulie que empañaba hasta sus intentos por halagar. La joven le dio las gracias, retiró la mano y reprimió la tentación de limpiársela en los vaqueros. Paulie tenía las palmas húmedas.
– Su habitación está lista -dijo Delia con amabilidad-. Las chicas la acompañarán arriba.
Carrie y Billie se hicieron cargo de ella de inmediato y la guiaron escaleras arriba sin darle tiempo a protestar. Paulie las siguió y, para cuando llegaron al mejor dormitorio de invitados, había conseguido colocarse delante y abrir la puerta.
– Solo lo mejor para nuestra famosa invitada -comentó.
Como Selena no era famosa y lo sabía, aquello solo logró que lo mirara con desaprobación. No le gustaba aquel chico y se alegró cuando Carrie salió de la estancia con él.
Miró a su alrededor. La habitación, amplia, estaba decorada en blanco, malva y rosa, los colores predilectos de Delia. La alfombra era de un tono rosa delicado que hizo que Selena mirara si tenía barro en las botas. Las cortinas eran malvas y rosas y la enorme cama de columnas tenía cortinas blancas de red. Probó el colchón con cuidado y calculó que allí podían dormir cuatro personas.
