
Poco a poco, centímetro a centímetro, lo estaban logrando. Desapareció el resto del agua, que dejó al descubierto un trozo de cristal que habían pasado por alto. Selena lo miró horrorizada e intentó apartarlo con el pie.
Fue un error fatal. Al momento siguiente, el pie había resbalado y empezaba a caer. Pero Leo apretó uno de los brazos en torno a ella y bajó el otro, agarró su trasero, y lo retiró con tal rapidez que perdió el equilibrio. Retrocedió varios pasos mientras luchaba por seguir de pie, pero no lo consiguió y acabó tumbado de espaldas sobre la alfombra rosa con Selena desnuda encima de él.
– ¡Oh, Dios! -se estremeció ella, que se agarró a él con fuerza y olvidó su modestia y todo lo demás.
Leo la sujetaba respirando con fuerza. La sensación de ella encima de él lo asustaba y le gustaba al mismo tiempo; y sabía que tenía que acabar con aquello de inmediato.
Un ruido le heló la sangre.
Una risa femenina. Dos risas femeninas. Justo al otro lado de la puerta.
– Selena -dijo la voz de Carrie-. ¿Podemos pasar?
– ¡No! -gritó Selena. Se levantó de un salto, corrió a la puerta y buscó la llave.
No había. La puerta no tenía llave.
¡Desastre!
– No entréis, no estoy decente -gritó; colocó la espalda contra la puerta y empujó-. Bajaré en un momento. Por favor, dad las gracias a vuestra madre.
Las voces se alejaron.
Leo seguía tratando de recuperar el control. Si tenerla encima desnuda no había destruido su sistema nervioso por completo, verla cruzar la habitación como una gacela había estado a punto de lograrlo.
Pero había podido al menos comprobar una cosa. Su rescate había sido un éxito. Ella no tenía ni un arañazo en ninguna parte del cuerpo.
