Selena corrió al baño y regresó con un albornoz que la cubría por completo.

– Gracias -dijo-. Me ha salvado de algo muy desagradable.

Leo se había puesto en pie.

– Más vale que me vaya antes de que empiecen a hablar de los dos.

– ¿Qué le voy a decir a la señora Hanworth?

– Déjeme eso a mí. No creo que deba bajar de todos modos. Acuéstese. Es una orden.

Se asomó al pasillo y lo alivió ver que estaba vacío. Pero apenas acababa de salir cuando aparecieron Carrie y Billie, como si hubieran estado escondidas al doblar el recodo.

– Hola, Leo. ¿Va todo bien?

– No del todo -repuso él, muy consciente de que sólo iba vestido a medias-. Selena ha roto uno de los frascos de cristal en la bañera.

– ¡Pobrecita! ¿Está todavía atrapada ahí?

– No, la he sacado y está bien -repuso él, que quería que se lo tragara la tierra-. Le he prometido que le diría a vuestra madre lo del frasco. Bajaré… en cuanto me ponga una camisa.

Se alejó de las adolescentes tan deprisa como pudo y entró en la habitación.


Tal y como Leo esperaba, Delia reaccionó amablemente.

– ¿Qué importancia tiene un frasco? -dijo-. Voy a ver si está bien.

Volvió poco después y entró en la cocina para ordenar que subieran comida a Selena.

– Creo que has hecho de caballero andante -le dijo después a Leo-. Y no me extraña. Es una chica muy atractiva.

– Delia, juro que no la había visto nunca hasta hoy.

Un error fatal. Delia sonrió comprensiva.

– Los italianos sois tan románticos que nunca perdéis una oportunidad con las mujeres.

– ¿Qué es ese olor maravilloso que viene de la cocina? -pregunto él con desesperación. Porque estoy muerto de hambre.

Por suerte, la comida cambió el tema de conversación y la única persona que volvió a aludir a lo sucedido fue Paulie, quien habló con Leo aparte y le dijo lo mismo que había dicho su madre, aunque en él sonaba vulgar y ofensivo. Pero después de que Leo le contara con una sonrisa todas las cosas desagradables que le haría si volvía a mencionar el tema, Paulie guardó silencio.



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