
– El cuadro, al igual que los frescos, desapareció tras la muerte de Mehmet. Se dijo que mi pío antepasado los vendió en el Bazar. Teniendo eso en cuenta, ¿para qué un musulmán trataría de comprar lo que el propio sultán había declarado prohibido?
Para un harén. Yashim asintió.
– El retrato no ha sido visto desde entonces -añadió el sultán-. Pero Bellini era veneciano. El mejor pintor de Venecia en su época. -Sus ojos parpadearon. Se llevó el pañuelo a la cara, pero no estornudó-. Ahora tenemos noticias de que el cuadro ha sido visto.
– ¿En Venecia, mi padishah?
El sultán dio unos golpecitos con los dedos sobre la mesa, y luego, bruscamente, se puso de pie.
– ¿Habla usted italiano?
– Sí, mi padishah. Hablo italiano.
– Quiero que encuentre el cuadro, Yashim. Quiero que lo compre para mí.
Yashim se inclinó.
– ¿El cuadro está en venta, mi padishah?
El sultán pareció sorprendido.
– Los venecianos son comerciantes, Yashim. En Venecia todo está en venta.
Capítulo 6
Yashim cogió un esquife para cruzar el Cuerno y ordenó al remero que lo dejara en la orilla, pero algo más lejos, en Tophane. No quería ver la fuente rota, o ser testigo de la tala de aquel magnífico viejo plátano. Se abrió camino colina arriba a través de los estrechos callejones del puerto. Por la noche aquel lugar era peligroso, pero por la tarde el sol lo dejaba casi desierto. Un gato llegó arrastrándose sobre su barriga y desapareció bajo una deteriorada puerta verde; dos perros yacían inmóviles en un pedazo de sombra.
Encontró las escaleras y ascendió vigorosamente por las empinadas pendientes de Pera hacia la legación polaca.
La mayor parte de los embajadores europeos ya se habían marchado para el verano. Uno a uno, se alejaban del calor de Pera, donde el polvo se filtraba invisible e incansablemente desde las calles sin asfaltar.
