
El joven sultán descansó su huesuda mano sobre los papeles de su escritorio.
– Bellini pintó un retrato del Conquistador -dijo.
Yashim parpadeó. ¿Un retrato? Mehmet el Conquistador tenía sólo veintiún años cuando arrebató la Manzana Roja de Constantinopla a los cristianos en 1453. Fue un héroe islámico que se convirtió en heredero del Imperio Romano Bizantino de Oriente. Amo del mundo ortodoxo cristiano, hizo extender su Imperio desde las costas del mar Negro hasta las rocosas montañas de los Balcanes, designando a patriarcas cristianos con su báculo, trayendo al rabino en jefe a la ciudad que estaba destinada, como decían todos los hombres, a ser el ombligo del mundo.
Y había llamado a un pintor italiano a su corte.
– ¿El retrato, mi padishah… todavía existe?
El sultán levantó la cabeza y miró fijamente a Yashim.
– No lo sé -dijo con calma.
Se produjo un silencio. A medida que se alargaba, Yashim sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal y se le rizaban los pelos de la nuca. Millones de personas vivían a la sombra del padishah. Desde los desiertos de Arabia a las desoladas fronteras de la estepa rusa, afectados o no por sus órdenes, pagando los impuestos que él recaudaba, sirviendo como soldados en los ejércitos que él creaba, soñando -algunos de ellos- con un monarca cubierto de oro que vivía junto al mar. Yashim había visto sus pinturas del Bósforo en casas solariegas balcánicas y palacios de Crimea; había visto a viejos llorando junto al río y la montaña, cuando el viejo sultán desapareció.
Había pasado diez minutos en compañía de un joven que se ruborizaba como una muchacha, que se tocaba nerviosamente la nariz y confesaba que desconocía algo. Y era el padishah.
Era el padishah quien le hablaba.
