
No obstante, alguna obstrucción, un bloque de piedra o un lazo de cuerda podrida, debía de haber obstaculizado su paso: porque, cuando rayaba el alba, y la marea bajó, el comerciante aún estaba a unos metros de distancia de las profundas aguas de la Riva dei Schiavoni en las que debía haberse hundido sin dejar ninguna huella.
Capítulo 2
El sultán soltó un agudo estornudo y se secó la cara con un pañuelo de seda.
– La reina de Inglaterra tiene uno -dijo con mal humor.
Reshid Pachá inclinó la cabeza. El rey Guillermo estaba muerto, al igual que el sultán Mahmut. Ahora, pensó, Inglaterra y el Imperio otomano estaban siendo gobernados por unas muchachitas.
– Como dice el sultán, que sean largos sus días.
– Los Habsburgo tienen varias galerías, según creo. En sus dominios, en Italia, poseen palacios atiborrados de pinturas. -El sultán se limpió la nariz-. El emperador de Austria sabe cuál era el aspecto del abuelo de su abuelo mirando su cuadro, Reshid Pachá.
El joven pachá cruzó sus esbeltas manos delante de sí. Lo que el sultán decía era cierto, pero ridículo: los Habsburgo eran notoriamente feos, notoriamente parecidos. Se casaban con parientes cercanos, y su barbilla se hacía más grande a cada generación. En tanto que un príncipe otomano no tenía más que adorables y expertas mujeres para compartir el lecho.
Los hombros de Reshid Pachá se tensaron.
– Los perros austríacos siempre mean en el mismo lugar -dijo con un gruñido burlón-. ¿Quién querría ver eso?
Incluso mientras hablaba, sabía que estaba cometiendo un error. El sultán Mahmut hubiera sonreído ante la observación. Pero Mahmut estaba muerto.
El sultán frunció el ceño.
– No estamos hablando de perros.
– Tenéis razón, mi padishah. -Reshid Pachá inclinó la cabeza.
– Hablo del Conquistador -dijo con arrogancia Abdülmecid-. De la sangre que corre por estas venas.
