Levantó sus muñecas, y el joven consejero inclinó la cabeza, avergonzado.

– Si existe el cuadro, lo deseo -continuó el sultán-. Quiero verlo. ¿Deseas, Reshid Pachá, que el retrato del Conquistador sea expuesto a la mirada del infiel… o que un no creyente pueda poseerlo?

Reshid Pachá lanzó un suspiro.

– Y, sin embargo, sultán mío, no sabemos dónde puede estar el cuadro. Si es que, realmente, existe.

El joven padishah volvió a estornudar. Mientras examinaba su pañuelo, el pachá, continuó:

– Durante más de tres siglos nadie ha visto nunca o ha oído hablar de ese… cuadro. Hoy tenemos un rumor, nada más. Seamos cautos, mi padishah. ¿Qué importancia tiene que esperemos otro mes? ¿U otro año? La verdad es como el almizcle, cuyo agradable olor nunca se puede ocultar.

El sultán asintió con la cabeza, pero no era una muestra de acuerdo.

– Hay una manera más rápida -dijo con voz gangosa por culpa de los mocos.

– Manda a buscar a Yashim.

Capítulo 3

Cerca de la orilla del Cuerno de Oro, por la parte de Pera, se levantaba una fuente instalada por una princesa otomana, como un acto de generosidad, en un lugar donde los barqueros solían recalar y dejar sus pasajes. Existían centenares de fuentes en las calles y plazas de Estambul. Pero ésta era particularmente antigua y querida, y Yashim la había admirado muchas veces al pasar. En ocasiones, con tiempo caluroso, se enjuagaba la cara en el hilillo de agua clara que caía sobre su taza adornada con azulejos.

Fueron aquellos azulejos los que ahora le hicieron detenerse en la calle, pasmado y sin ser observado en medio de la corriente de tráfico que ahora pasaba a lo largo de la costa: muleros con sus recuas de animales, porteadores cargando enormes sacos, dos mujeres totalmente veladas vigiladas por un eunuco negro, un bashi-bazuk a caballo, su fajín atiborrado de pistolas y espadas. Ni Yashim, ni la destartalada fuente, llamaban la atención de nadie. La multitud fluía a su alrededor, un hombre solo, de pie, con una capa marrón, un blanco turbante sobre su cabeza, observaba afligido como un trío de obreros con ropa de trabajo y sucios turbantes golpeaban la fuente con sus martillos.



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