
Juliette Benzoni
Las joyas del templo I
LA ESTRELLA AZULA los que quiero
ÍNDICE
Prólogo
El regreso
Invierno 1918 -1919
El amanecer tardaba en llegar. Siempre tarda en diciembre, pero la noche parecía encontrar un perverso placer en entretenerse, como si no pudiera resignarse a abandonar la escena.
Desde que el tren había atravesado el Brennero, donde un obelisco recién instalado señalaba la nueva frontera del antiguo imperio austrohúngaro, Aldo Morosini, incapaz de mantener los ojos cerrados más de unos minutos, no conseguía conciliar el sueño. En el cenicero del vetusto compartimento que desde Innsbruck ocupaba solo se amontonaban las colillas. Aldo encendía un cigarrillo y para disipar el humo tuvo que bajar la ventanilla varias veces. Cuando lo hacía, el aire helado del exterior entraba junto con la carbonilla que escupía la vieja locomotora, cuyo estado predecía un próximo retiro. Pero también penetraban los olores alpinos, fragancias resinosas y de nieve mezcladas con algo más suave, apenas perceptible pero que ya traía a la mente los efluvios familiares de las lagunas.
El viajero esperaba Venecia como en otros tiempos esperaba a una mujer en lo que él llamaba su «atalaya». Con más impaciencia quizá, porque Venecia no lo decepcionaría nunca y él lo sabía.
Renunciando a cerrar la ventanilla, se recostó contra el terciopelo gastado del compartimento de primera clase, decorado con taraceas desconchadas y espejos empañados en los que, también en otros tiempos, se reflejaban los uniformes blancos de los oficiales que iban a incorporarse a la flota austríaca en la rada de Trieste.
