
La guerra como tal había terminado para él el 24 de octubre de 1917. Se encontraba entre esa inmensa cohorte de unos trescientos mil prisioneros italianos capturados en Caporetto con tres mil cañones, lo que le valió pasar el último año en un campo de concentración donde, como favor especial, disfrutó de una habitación no muy grande pero para él solo. Y ello por una razón simple, aunque bastante irregular: antes de la guerra había coincidido en una partida de caza en Hungría, en casa de los Esterhazy, con el general Hotzendorf, entonces todopoderoso.
Un buen tipo, Hotzendorf. Capaz de tener ideas geniales inmediatamente después de dramáticos períodos de sequía. En el aspecto físico, un rostro alargado e inteligente cruzado por un bigote de estilo «archiduque», cabellos rubios cortados al cepillo y ojos soñadores de un color impreciso. Sólo Dios sabía qué había sido de él después de caer en desgracia el pasado julio, como consecuencia de sus derrotas en el frente italiano de Asiago. El final de la guerra lo devolvía a una especie de anonimato y, para Morosini, volvía a situarlo en los límites de una relación pasada.
E1 tren llegó a Treviso hacia las seis de la mañana entre ráfagas de viento cortante. Treinta kilómetros separaban todavía al príncipe de su querida ciudad. Encendió el último cigarrillo que le quedaba con mano un tanto trémula y expulsó lentamente el humo. Este era aún austríaco. El siguiente tendría el sabor divino de la libertad recuperada.
