
Aunque otros dos dux habían distinguido a la familia —uno, Marino, de 1249 a 1253, y el otro, Michele, víctima de la peste en 1382 tras sólo cuatro meses de reinado—, este era el más grande de los Morosini, un hombre excepcional en el que el poder se aliaba a la prudencia y que había escrito una de las páginas más gloriosas de la historia de Venecia, una página que fue la última. En el otro extremo del portego, frente al retrato del dux, se alzaba el fano, la triple linterna que indicaba el grado de general en la nave de Francesco en la batalla de Negroponto.
Aldo permaneció un rato ante la efigie de su gran antepasado. Siempre le había gustado ese rostro pálido y fino enmarcado en cabellos blancos, con bigote y perilla en torno a una boca delicada, así como esos profundos ojos negros, orgullosos y dominadores bajo unas cejas fruncidas por la impaciencia. El pintor debía de haber tenido cierta dificultad en conseguir una inmovilidad prolongada.
El recién llegado pensó que, frente a tanto esplendor, debía de presentar un aspecto lamentable con su viejo uniforme raído. La mirada grave parecía buscar la suya para pedirle cuentas de sus hazañas guerreras, a decir verdad, bastante escasas. Entonces, movido por una fuerza venida de lejos y como lo hubiera hecho ante el dux vivo, hincó un instante la rodilla al tiempo que murmuraba:
—No he desmerecido. Serenísimo Señor. Sigo siendo uno de los vuestros.
A continuación, se levantó y subió corriendo al segundo piso sin detenerse en la habitación de su madre. El notario no tardaría en llegar y no era momento de dejarse invadir por la melancolía.
