Esta vez había sido muy distinto. Se encontraba esclavo de un recuerdo tan embriagador que se le adhería a la piel y que no lo abandonó durante los tres años de guerra. Cuando pensaba en Dianora, experimentaba a la vez deseo y furia, unidos a unas ansias de venganza atizadas por el hecho de que la prudente Dinamarca, pese a su neutralidad, prestaba cierta ayuda a Alemania, Ardía en deseos de verla al tiempo que estaba seguro de que era imposible. Había habido demasiados muertos, demasiadas ruinas. Un terrible muro de odio se alzaba ahora entre ellos.

Morosini sólo dedicó unos instantes a rememorar su amor: el tiempo de salir de las cocinas ante la mirada preocupada de Celina y de volver al vestíbulo. Allí cobró protagonismo la belleza algo solemne pero apacible y tranquilizadora de su casa. La imagen de Dianora se difuminó; la joven nunca había cruzado el umbral de su palacio.

Con la mirada y con la mano, acarició unos fanales de bronce dorado, vestigios de la galera capitaneada por un Morosini en la batalla de Lepanto. En otros tiempos, las noches de fiesta los encendían y su luz arrancaba reflejos tornasolados a los mármoles multicolores del embaldosado, a los dorados de las largas vigas iluminadas de un techo que no se podía contemplar sin echar la cabeza hacia atrás. Lentamente, subió la ancha escalera cuya barandilla de balaustres habían pulido tantas manos para dirigirse al portego, la larga galería-museo que constituía el orgullo de numerosos palacios venecianos.

La vocación de este era marítima. A lo largo de las paredes cubiertas de retratos, muchos de ellos de factura ilustre, unos bancos de madera blasonados alternaban con consolas de pórfido donde, metidas en urnas de cristal, se hinchaban las velas de las carabelas, las carracas, las galeras y otras naves de la Serenísima República. Los lienzos representaban a hombres vestidos con gran magnificencia que formaban el cortejo del retrato más imponente, el de un dux con coraza y manto púrpura, corno de oro en la cabeza y orgullo en el fondo de los ojos: Francesco Morosini el Peloponesio, cuatro veces general del Mar contra los turcos, muerto en 1694 en Nauplia mientras estaba al mando supremo de la flota veneciana.



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