Se trataba de simple prudencia. Los enfados de Celina eran tan famosos en el palacio Morosini como sus habilidades culinarias, su ilimitada generosidad y los extravagantes perifollos que le gustaba ponerse para oficiar ante sus fogones. Nacida al pie del Vesubio, parecía alimentar tanta lava ardiente y efervescencia como su volcán natal, lo que en Venecia constituía una especie de rareza. Allí la gente era más tranquila, más fría, más civilizada.

Ella era el principal recuerdo que la madre de Aldo había traído de su viaje de novios. La había encontrado en una calleja del viejo Nápoles, gritando y llorando sobre el cuerpo de su hermano, que acababa de ser víctima de una de las bandas que exigían pagos a la gente de los barrios pobres de la ciudad. Este hermano era la única familia de Celina, quien además acababa de librarse por un pelo de sufrir la misma suerte. Pero ¿por cuánto tiempo? La princesa Isabelle se compadeció de ella y decidió tomarla a su servicio.

A la pequeña napolitana le gustó Venecia; aunque el clima le pareció poco alegre y los habitantes de natural distante, la fisonomía romana y los bellos ojos negros de Zaccaria, entonces segundo lacayo, no tardaron en conquistarla.

Dado que se había manifestado una entusiasta reciprocidad, los casaron un caluroso día de verano en la capilla de la villa palaciega que los príncipes Morosini poseían a orillas del Brenta. Por supuesto, a la ceremonia siguió una fiesta, durante la cual el novio abusó un poco del vino. Eso hizo que la noche de boda fuese un poco movida, pues, indignada por verse sometida a los instintos lúbricos de un borracho, Celina empezó por vapulear a su esposo con el mango de una escoba antes de sumergirle la cabeza en un barreño de agua fría. Después de lo cual, fue a las cocinas para prepararle el café más negro, más cargado, más cremoso y más aromático que Zaccaria hubiera bebido jamás. Agradecido y despejado, este olvidó los escobazos y puso todo su empeño en hacerse perdonar.



7 из 312