
—Celina está esperándolo —dijo Zaccaria—, y se ha puesto el uniforme reservado para las grandes ocasiones. Espero que le guste.
En efecto, al pie del alto pórtico semicircular, desde el que los largos peldaños blancos se deslizaban hasta el agua verde, tres mujeres reproducían el juego de chimenea: la de en medio, de forma bastante ovoide, se identificaba con el reloj, y las otras dos, con los finos candelabros.
—Démonos prisa, entonces —dijo Aldo, mirando divertido el bonito vestido de seda negra con pliegues almidonados y la cofia de encaje que lucía su cocinera—. Celina no soporta ir mucho rato vestida de gala. Asegura que eso le corta la inspiración, y yo llevo meses soñando con mi primera comida en casa.
—No se preocupe. Ayer me hizo ir cuatro veces a San Servolo para conseguir las cigalas más grandes y la bottega más fresca. De todas formas, tiene razón, más vale procurar que siga de buen humor.
