Y los encajes de piedra en todos los tonos de la carne que bordeaban la gran avenida líquida, los palacios, comenzaron a desfilar. El recién llegado recitaba sus nombres mentalmente como para asegurarse de que la ausencia no los había borrado: Vendramin-Calergi, Fontana, Pesaro, Sagredo, los dos Corner, Cà d'Oro, Manin, donde nació el último dux. Dandolo, Loredano, Grimani, Papadopoli, Pisani, Barbarigo, Mocenigo, Rezzonico, Contarini… Esas moradas abrían ante el viajero el Libro de Oro de Venecia, pero sobre todo representaban a padres, amigos, rostros medio borrados, recuerdos, y la bruma irisada de la mañana, que curaba misericordiosamente algunas grietas, algunas heridas, les sentaba bien. Finalmente, en la segunda curva del Canal apareció una fachada Renacimiento coronada por dos delgados obeliscos de mármol blanco y Morosini interrumpió el hilo de su pensamiento: estaba llegando a su casa.

—Celina está esperándolo —dijo Zaccaria—, y se ha puesto el uniforme reservado para las grandes ocasiones. Espero que le guste.

En efecto, al pie del alto pórtico semicircular, desde el que los largos peldaños blancos se deslizaban hasta el agua verde, tres mujeres reproducían el juego de chimenea: la de en medio, de forma bastante ovoide, se identificaba con el reloj, y las otras dos, con los finos candelabros.

—Démonos prisa, entonces —dijo Aldo, mirando divertido el bonito vestido de seda negra con pliegues almidonados y la cofia de encaje que lucía su cocinera—. Celina no soporta ir mucho rato vestida de gala. Asegura que eso le corta la inspiración, y yo llevo meses soñando con mi primera comida en casa.

—No se preocupe. Ayer me hizo ir cuatro veces a San Servolo para conseguir las cigalas más grandes y la bottega más fresca. De todas formas, tiene razón, más vale procurar que siga de buen humor.



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