
Pese a tantos atractivos Aldo no se pasaba la vida en las cocinas. Le habían asignado un preceptor francés, Guy Buteau, joven borgoñón cultivado que se esforzó en transferir su saber al cerebro de su alumno, aunque en un orden disperso. Le enseñó revueltos a los griegos y a los romanos, a Dante y Moliere, a Byron y los faraones constructores, a Shakespeare y Goethe, a Mozart y Beethoven, a Musset, a Stendhal, a Chopin, a Bach y los Románticos alemanes, a los reyes de Francia, a los dux de Venecia y la civilización etrusca, la sublime sobriedad del arte Románico y las locuras del Renacimiento, a Erasmo y Descartes, a Spinoza y Racine, los esplendores de la Ilustración francesa y la grandeza de los duques de Borgoña de la segunda generación, en pocas palabras, todo lo que se amontonaba en su propia cabeza, con la esperanza de convertir a su discípulo en un verdadero erudito. Le enseñó también algunas interesantes nociones de matemáticas, así como de ciencias físicas y naturales, pero sobre todo lo inició en la historia de las piedras preciosas, por las que sentía una pasión tan fuerte como la que le inspiraba la producción vitícola de su tierra natal. Gracias a su celo, a los dieciocho años el joven Morosini hablaba cinco idiomas, sabía distinguir una amatista de una turmalina, un berilo de un corindón, una pirita de cobre de una pepita de oro y, en otro plano, un vino de Meursault de uno de Chassagne Montrachet, sin olvidar, aunque con una pizca de condescendencia, un Orvieto de un Lacryma Christi. Naturalmente, el antro de Celina interesó al preceptor.
