
Tras la muerte de su padre como consecuencia de una caída del caballo en el bosque de Rambouillet mientras cazaba ciervos con la intrépida duquesa de Uzès, Aldo no introdujo ningún cambio en el orden establecido. Todo el mundo quería al señor Buteau in casa Morosini y a nadie le pasaba por la cabeza que pudiera marcharse algún día. Hizo falta la guerra para privar al amable muchacho de su agradable sinecura. Desgraciadamente, no se sabía qué había sido de él. Dado por desaparecido en el frente de Chemin des Dames, dedujeron que había encontrado una muerte oscura y tanto más gloriosa. De repente, olvidando sus interminables discusiones, Celina lo lloró como si fuera un hermano e inventó una tarta de grosellas negras a la que puso su nombre.
Cuando la góndola atracó al pie de la escalera donde ella esperaba, Celina abrió con asombro los ojos, inmediatamente anegados de lágrimas, y luego, profiriendo una especie de berrido que hizo asomarse a muchos a las ventanas y zambullirse de pena a una gaviota ocupada en pescar, se echó al cuello de su «pequeño príncipe», como seguía llamándolo pese a su elevada estatura.
—¡Madonna Santissima! ¡Cómo me lo han dejado esos descreídos! ¡No es posible que me lo hayan maltratado así!… ¡Mi niño! ¡Mi Aldino! Si hubiera justicia en este mundo ruin…
