
Sudando a mares, maldecía en mi interior el viaje y soñaba con la fresca llovizna de Leningrado.
Tonia estaba nerviosa, temiendo retrasarse en Osha al despegue del dirigible. Para desdicha mía, no llegamos tarde y aterrizamos en el aeródromo con media hora de anticipación a la salida del dirigible. Este gigante metálico debía trasladarnos a la ciudad de Ketz. Corrimos hacia la torre de amarre, subimos rápidamente en el ascensor y entramos en la góndola.
El viaje en el dirigible dejó en mí un agradable recuerdo. Los camarotes de la góndola estaban refrigerados y bien ventilados. La velocidad era tan sólo de doscientos kilómetros por hora. Ni balanceo, ni trepidaciones y ausencia absoluta de polvo. Almorzamos magníficamente en la sala de oficiales. En la sobremesa se oían nuevas palabras: Alay, Karakul, Jorog…
El Pamir desde las alturas me produjo una impresión bastante sombría. No en balde este «techo del mundo» es también llamado «estribo de la muerte». Ríos de hielo, montañas, desfiladeros, morrenas, paredes de hielo y nieve coronadas por dientes de piedra negra, eran los adornos fúnebres de estas montañas. Y abajo en las profundidades tan sólo pastos de un intenso verdor.
Uno de los pasajeros, alpinista, mostrando los picos cubiertos de hielo con tonalidades verdosas explicó a Tonia:
— Esto es un glaciar liso, éste es de agujas, el de allí es quebrado, más allá forma olas y más abajo escaleras…
De pronto resplandeció la lisa superficie de un lago.
— Karakul. Altura: tres mil novecientos noventa metros sobre el nivel del mar — dijo el alpinista.
— ¡Mire, mire! — me llama Tonia.
Miro. Un lago como otro cualquiera. Brilla. Y Tonia se maravilla:
— ¡Qué hermosura!
