Subí al vagón, me senté con recelo y muy pronto se puso en movimiento.

La velocidad de la «corrida-vuelo» era en efecto extraordinaria. A través de las ventanillas el paisaje se difundía en rayas grises amarillentas. Tan sólo el cielo azul aparecía como de ordinario, pero las blancas nubes corrían hacia atrás con extraordinaria rapidez. Lo reconozco, a pesar de todas las comodidades de este nuevo método de comunicación, no pude por menos de esperar con impaciencia el final de nuestro corto viaje. He aquí que abajo centelleó un río, y en un instante lo pasamos sin puente alguno. Yo lancé una exclamación y sin poderlo evitar me levanté de mi asiento. Al ver tal atraso y provincianismo, todos los pasajeros se pusieron a reír ruidosamente. Tonia, al revés, se puso a aplaudir entusiasmada.

— ¡Esto sí que me gusta! ¡Esto es correr! — decía ella.

Yo ansiosamente ojeaba por la ventanilla: ¿cuándo va a terminar este turbio centellear?

En Andijan pedí un poco de reposo. Me hacía falta descansar después de todas estas superveloces carreras. Pero Tonia no quiso ni escucharme. Parecía dominada por un demonio indómito.

— Vas a estropearme todo mi gráfico. En mi horario concuerda todo con exactitud cronométrica.

Y nuevamente, como llevados por el mismo diablo, corrimos al aeródromo.

El camino desde Andijan a Osha lo hicimos en avión ordinario. Su velocidad normal, no pequeña por cierto — cuatrocientos cincuenta kilómetros por hora— le pareció a Tonia de tortuga. Por si fuera poco, un motor empezó a ratear y tuvimos que efectuar un aterrizaje forzoso. Mientras el mecánico reparaba el motor, yo salí de la cabina y me tumbé en la arena. Pero ésta era caliente en extremo. El sol abrasaba con sus rayos perpendiculares y no tuve más remedio que volver a la sofocante cabina.



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