
Bueno, está bien. Hemos venido a buscar una persona con barba negra. Entendido… Pero ya es tarde y sería mejor empezar nuestras pesquisas mañana al amanecer. Por otra parte veo que es inútil protestar. Callo y me pongo mi gabardina, pero Tonia solícita me previene:
— Póngase el abrigo de pieles. No olvide que nos encontramos a algunos miles de metros de altura, y el sol ya se ha puesto.
Me pongo mi abrigo de pieles y salimos a la calle.
Aspiro el aire helado y siento que se me hace difícil respirar. Tonia se da cuenta como «bostezo», y dice:
— Usted no está acostumbrado al aire enrarecido de estas alturas. No es nada, pronto pasará.
— Es extraño que en el hotel no lo haya notado — digo asombrado.
— Es que en el hotel el aire es más denso, hay compresores — me dice Tonia—. No todo el mundo está acostumbrado al aire de las montañas. Algunos ni tan sólo salen a la calle y con ellos se efectúan las consultas en casa.
— ¡Qué lástima que este privilegio no lo tengan los especialistas en búsquedas de barbas negras! — repuse yo tristemente.
Íbamos por las calles de esta ciudad limpia y bien iluminada. Aquí estaba el pavimento más liso y más fuerte del mundo: de granito natural, nivelado y pulido. Un pavimento monolítico.
Frecuentemente nos encontrábamos con barbas negras; por lo visto, entre los habitantes había muchos meridionales.
Tonia cada minuto me tiraba de la manga y me preguntaba:
— ¿No es él?
Yo sombríamente meneaba la cabeza. Sin darnos cuenta llegamos a orillas del lago.
De pronto oímos el aullar de una sirena. El eco repercutió en las cumbres, y las encolerizadas montañas respondieron con melancólico sonido. Resultó un concierto que helaba el alma.
En las orillas del lago se encendieron luminosos faroles y el lago se iluminó como un espejo en un marco de diamantes. Seguidamente se encendieron decenas de potentes proyectores que dirigían sus rayos azules hacia el espejado cielo vespertino. La sirena se calló. Cesó su eco en las montañas. Pero la ciudad despertó.
