En el lago, cerca de sus orillas, empezaron a correr rápidas canoas y botes. Una masa de gente afluía hacia el lago.

— Pero, ¿adónde mira usted? — oí la voz de Tonia.

Esta expresión me recordó mi triste obligación. Resueltamente me volví de espaldas al lago, a las luces, y empecé a buscar entre la masa de gente a los barbudos.

En una ocasión me pareció que había visto al desconocido de la barba. Quería decírselo a Tonia, cuando de pronto ella exclamó:

— ¡Mire, mire! — y señalaba hacia el cielo.

Vimos una estrella dorada, que se acercaba a la tierra. La muchedumbre enmudeció. En el silencio que prosiguió se oía un trueno lejano. ¡Un trueno en el despejado cielo! Los montes recogieron este tronido y con sordo canon respondieron. El estruendo aumentaba cada segundo y la estrella aumentaba de volumen. Detrás de ella se veía ya claramente una estela de humo y muy pronto la estrella se convirtió en un cuerpo en forma de cigarro con aletas. Esto sólo podía ser una nave interplanetaria. En el gentío se oían estas exclamaciones:

— ¡«Ketz-siete»!

— ¡No, es «Ketz-cinco»!

El cohete de pronto describió un pequeño círculo y volvió su proa hacia abajo. Una llama escapó de su cuerpo y más lentamente empezó a descender hacia el lago. Su longitud sobrepasaba a la de la más grande locomotora. Y pesaba, seguramente, no menos.

Y he aquí que esta pesada mole se quedó como suspendida en el aire a unas decenas de metros de la superficie del agua. La fuerza de los gases de las explosiones la sostenían en esta posición. Los gases rizaban y agitaban la superficie del agua. Columnas de humo se extendían por el lago.

Luego el cigarro metálico fue bajando imperceptiblemente y pronto su proa llegó a tocar el agua.



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