
— Estoy helado — contesté.
En el acogedor comedor entablé conversación con este individuo, que resultó ser médico. Mientras tomábamos el té, yo le pregunté por qué a la ciudad y al cohete recién llegado les daban el mismo nombre de Ketz.
— Y a la estrella también — contestó el Doctor—. La estrella Ketz. ¿Ha oído hablar de ella? Precisamente proviene todo de ella. La ciudad ha sido creada para ella. ¿Y el porqué de Ketz? ¿De veras no puede adivinarlo? ¿De quién era el sistema de estratoplano en el cual voló usted hasta aquí?
— Me parece, de Tziolkovsky — respondí yo.
— Me parece… — dijo el doctor con reprobación—. No parece, sino que así es en efecto. El cohete que acaban de ver también fue construido según sus planos y asimismo la estrella. Y por eso se llama Ketz: Konstantin Eduardovich Tziolkovsky, ¿Comprendido?
— Así es — contesté—. Pero, ¿qué es esto de estrella Ketz?
— Es un satélite artificial de la Tierra. Una estación-laboratorio aérea, con cohetódromo para los cohetes de comunicaciones interplanetarias.
IV — Persecución fracasada
Hacía tiempo que no había dormido como esta noche. Y habría dormido hasta las doce del mediodía, si no me hubiera despertado Tonia a las seis de la mañana.
— De prisa, a la calle — dijo ella—. Ahora van a ir al trabajo los obreros y empleados.
Y de nuevo, desde la mañana temprano, tuve que reanudar mis funciones detectivescas.
— ¿Y no sería mejor preguntar en un centro de información si reside o no Paley en esta ciudad?
— Vaya pregunta inocente — contestó Tonia—. Ya en Leningrado me informé de esto…
Íbamos por el pavimento monolítico. El sol iluminaba ya desde las altas montañas, pero yo tenía escalofríos, y respirar se me hacía dificultoso. Los glaciares reflejaban los rayos del sol con deslumbradora brillantez.
