Ésta se agitó, borboteó y empezó a hervir. Una nube de vapor envolvió al cohete. Las explosiones cesaron. Entre el vapor y el humo apareció un momento el agudo extremo superior del cohete y volvió a desaparecer bajo el agua, levantando una gran masa de líquido. Grandes olas se extendieron por el lago balanceando a las canoas. Unos segundos más tarde apareció de nuevo la brillante estructura del cohete entre los rayos de los proyectores, balanceándose en la superficie del lago.

La muchedumbre, con unánimes gritos, aplaudía a los navegantes. Una flotilla de lanchas motoras se lanzó hacia el flotante cohete, como peces-golondrinas hacia la ballena. Una pequeña lancha motora negra lo tomó a remolque arrastrándolo hasta el puerto. Dos potentes tractores sacaron al cohete a la orilla a través de un puente especialmente construido para el caso. Finalmente, se abrió la escotilla y salieron de la nave los viajeros interplanetarios.

El primero de ellos empezó a estornudar ruidosamente en el momento de salir. Entre la muchedumbre se oyeron risas y exclamaciones: ¡Jesús!

— Cada vez la misma historia — exclamó el que acababa de llegar—. En cuanto llego a la Tierra, el consiguiente constipado.

Yo miraba con interés y respeto al hombre que acababa de llegar de los espacios infinitos. ¡En verdad que hay hombres audaces! Yo por nada del mundo me decidiría a volar en un cohete.

Se recibía a los recién llegados con alegría, eran preguntados ininterrumpidamente, la muchedumbre los envolvía, les daban la mano. Luego subieron a un automóvil y se fueron. El gentío empezó a disolverse. Las luces se apagaron. De pronto noté que mis pies se estaban helando. Estaba tiritando y me daban náuseas.

— Está usted morado — se compadeció de mí, al final, Tonia—. Vámonos a casa.

En el vestíbulo del hotel me recibió un hombre regordete y calvo. Moviendo la cabeza, me dijo:

— Usted, joven, soporta mal estas alturas.



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