
La muchedumbre, con unánimes gritos, aplaudía a los navegantes. Una flotilla de lanchas motoras se lanzó hacia el flotante cohete, como peces-golondrinas hacia la ballena. Una pequeña lancha motora negra lo tomó a remolque arrastrándolo hasta el puerto. Dos potentes tractores sacaron al cohete a la orilla a través de un puente especialmente construido para el caso. Finalmente, se abrió la escotilla y salieron de la nave los viajeros interplanetarios.
El primero de ellos empezó a estornudar ruidosamente en el momento de salir. Entre la muchedumbre se oyeron risas y exclamaciones: ¡Jesús!
— Cada vez la misma historia — exclamó el que acababa de llegar—. En cuanto llego a la Tierra, el consiguiente constipado.
Yo miraba con interés y respeto al hombre que acababa de llegar de los espacios infinitos. ¡En verdad que hay hombres audaces! Yo por nada del mundo me decidiría a volar en un cohete.
Se recibía a los recién llegados con alegría, eran preguntados ininterrumpidamente, la muchedumbre los envolvía, les daban la mano. Luego subieron a un automóvil y se fueron. El gentío empezó a disolverse. Las luces se apagaron. De pronto noté que mis pies se estaban helando. Estaba tiritando y me daban náuseas.
— Está usted morado — se compadeció de mí, al final, Tonia—. Vámonos a casa.
En el vestíbulo del hotel me recibió un hombre regordete y calvo. Moviendo la cabeza, me dijo:
— Usted, joven, soporta mal estas alturas.
