
No se porqué de pronto me azoré y muy de prisa y confuso empecé a explicar la causa de mi presencia.
— En nuestro tiempo es un poco vergonzoso no saber radiotécnica — me interrumpió ella bromeando.
— Yo soy biólogo — intenté excusarme.
— Pero si ahora cualquier colegial sabría reparar una radio.
Suavizó este reproche con una sonrisa, enseñando sus dientes blancos y uniformes, y la tirantez del momento se desvaneció.
— Vamos al comedor, acabaré de tomar mi té y vendré en seguida a «curar» su aparato.
Yo la seguí gozoso.
En el amplio comedor, en la mesa, estaba sentada la madre de Antonina Ivanovna, una viejecita gruesa, canosa y de cara rosada. Me saludó con fría amabilidad y me invitó a tomar una taza de té.
Yo me negué. Antonina Ivanovna terminó su té, y nos dirigimos a mi habitación.
Con extraordinaria rapidez desmontó mi receptor. Yo me quedé admirando sus hábiles manos con sus largos dedos de singular movilidad. Hablamos muy poco. Ella arregló muy pronto el aparato y se fue a su casa.
Algunos días, cuando estaba solo, pensaba en ella, quería nuevamente ir a verla, pero sin pretexto no me atrevía. Y he aquí, vergüenza me da confesarlo, que estropeé ex profeso mi receptor… Y fui a verla.
Al examinar la avería, me miró riéndose y dijo:
— No voy a arreglar su receptor.
Me puse rojo como un cangrejo.
Pero al día siguiente fui de nuevo a decirle que mi radio funcionaba perfectamente. Y desde entonces fue para mí de vital necesidad ver a Tonia, como yo mentalmente la llamaba.
Ella me trataba amigablemente a pesar que, según ella, yo era tan sólo un científico de gabinete, un especialista limitado, no sabía radiotécnica, mi carácter era indeciso, mis costumbres anticuadas, día y noche sentado en un laboratorio o gabinete. En cada encuentro ella me decía muchas cosas desagradables y me recomendaba rehacer mi carácter.
