
Mi amor propio estaba ofendido. Incluso decidí no ir más a su casa pero, desde luego, no aguanté. Más aún, sin yo notarlo empecé a cambiar mi carácter: paseaba más a menudo, intenté hacer deporte, compré unos esquís, una bicicleta e incluso un libro de radiotécnica.
En una ocasión, mientras efectuaba uno de mis paseos voluntario-obligatorio por Leningrado, en el cruce de la Avenida Veinticinco de Octubre y la calle Tres de Julio, me fijé en un joven de barba negro-azulada.
Él me estaba mirando fijamente y se acercó decidido hacia mí.
— ¿Perdone, usted no es Artiomov?
— Sí — contesté yo.
— ¿Usted conoce a Nina…, Antonina Gerasimovna? Yo le vi a usted una vez con ella. Quería transmitirle a ella algo sobre Evgeni Paley.
Mientras estaba conversando con el desconocido llegó hasta nosotros un automóvil. El chofer gritó:
— ¡De prisa, de prisa! ¡Llegamos tarde!
El desconocido saltó al coche y, al arrancar, me gritó:
— Comuníquele: Pamir, Ketz…
El automóvil se perdió veloz en la esquina.
Yo llegué a casa confuso. ¿Quién es este hombre? ¿Él sabe mi apellido? ¿Dónde me vio con Tonia, o Nina, como él la llamó? Repasaba en mi memoria todos los encuentros, todos los conocidos… Esta característica nariz aguileña y la barba negra puntiaguda tendría que recordarlas. Pero no, yo no le he visto antes jamás… ¿Y este Paley del que habló? ¿Quién es?
Fui a casa de Tonia y le conté sobre el extraño encuentro. Y de pronto esta joven tan equilibrada se emocionó terriblemente. Incluso lanzó un grito al oír el nombre de Paley. Ella me obligó a repetirle toda la escena del encuentro y después me increpó con furia porque no pensé en subir al coche con este hombre y no pregunté detalladamente sobre el asunto.
