
— ¿Y no nos quemaremos con la fricción de la envoltura exterior con la atmósfera? — pregunté receloso.
— No, aunque puede ser que suba un poco. Pues la envoltura del cohete la forman tres capas. La interior es de metal duro, con ventanillas de cuarzo recubiertas de cristal ordinario, y con puertas que cierran herméticamente. La segunda es refractaria, de material que casi no transmite el calor. Y la tercera, exterior, a pesar de ser relativamente delgada, es de metal extraordinariamente refractario. Si la envoltura exterior llega a calentarse hasta el rojo, la intermedia retiene el calor y no lo deja penetrar al interior del cohete; además la refrigeración es inmejorable. Un gas refrigerante circula sin interrupción entre las envolturas, filtrándose a través de un material poroso y refractario que separa las envolturas entre sí.
— Usted, doctor, es un verdadero ingeniero — dije yo.
— Qué le vamos a hacer. Es más fácil adaptar el cohete al organismo humano, que el organismo a condiciones anormales. Por esto los técnicos no tienen más remedio que trabajar en contacto con nosotros. Si hubiera visto los primeros experimentos. ¡Cuántos fracasos! ¡Víctimas!
— ¿Y hubo víctimas humanas?
— Sí, también humanas.
Sentí un hormigueo en la espalda. Pero era ya tarde para retroceder.
Cuando volví al hotel, Tonia me comunicó muy alegre:
— Ya lo sé todo. Se ha arreglado todo maravillosamente. Volamos mañana al mediodía. No se lleve nada de sus cosas. Temprano, antes del vuelo, nos bañaremos y pasaremos por la cámara de desinfección. Recibiremos ropa y vestidos esterilizados. El doctor me comunicó que está usted perfectamente bien de salud.
Yo oía a Tonia como en sueños. No supe contestarle nada. El miedo me había paralizado. No creo valga la pena hablar de cómo pasé mi última noche en la Tierra, ni de todo lo que pasó por mi cerebro…
