— ¿Debilidad? ¿Se le pone la piel azul? ¿Vértigo? ¿Náuseas? — me interrogaba el doctor—. ¿No tuvo vómitos?

— No, tan sólo tuve fuertes náuseas cuando corríamos detrás del automóvil.

El doctor se quedó pensativo cosa de un minuto y dijo:

— Usted sufre de la enfermedad en ligero grado.

— ¿O sea, puedo volar, doctor?

— Sí. Creo que puede. En el cohete, claro, hay tan sólo una décima parte de la presión atmosférica normal; en compensación, usted respirará oxígeno puro, sin mezclas de cuatro quintos de nitrógeno, como en la atmósfera terrestre. Esto es completamente suficiente para la respiración. Y en la Estrella Ketz hay cámaras interiores con presión normal. La Estrella se halla sólo a una altura de mil kilómetros.

— ¿Cuántos días durará el vuelo? — pregunté.

El doctor me miró de soslayo burlonamente.

— Veo, que usted entiende muy poco de viajes interplanetarios. Pues sí, querido amigo, el cohete tarda hasta la Estrella unos ocho o diez minutos… Pero como hay que trasladar a personas no avezadas, el vuelo se prolonga un poco más. Para aprovechar la fuerza centrífuga, el cohete vuela con un ángulo de veinticinco grados con respecto al horizonte y en dirección a la rotación de la Tierra. Los primeros diez segundos la velocidad aumenta hasta quinientos metros por segundo y tan sólo durante el tiempo de vuelo a través de la atmósfera disminuye algo la velocidad, para que luego, cuando la atmósfera empieza a enrarecerse, aumente de nuevo.

— ¿Por qué la velocidad disminuye durante el vuelo a través de la atmósfera? ¿Frenando?

— El frenado puede ser superado, pero es que durante el vuelo en la atmósfera a grandes velocidades, la fricción del cohete con ella hace que la envoltura exterior se caliente en extremo y también que aumente la sobrecarga. Y sentir que nuestro cuerpo aumenta de peso en diez veces, no es muy agradable que digamos.



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