— ¡Vaya, usted tiene el carácter de una foca! — terminó ella.

— Sí — contesté con rabia—. Yo no me parezco en nada a los héroes de los filmes de aventuras norteamericanos y me enorgullezco de ello. Subir al coche de una persona desconocida… No faltaba más.

Ella se quedó pensativa y sin escucharme, repetía como delirando:

— Pamir… Ketz… Pamir… Ketz…

Después corrió a la biblioteca, desplegó el mapa del Pamir y empezó a buscar Ketz.

Pero, por supuesto, no había en el mapa ningún Ketz.

— Ketz… Ketz… ¿Si no es una ciudad, qué es entonces: una pequeña aldea, un pueblo, una institución…? ¡Es necesario saber qué es esto de Ketz! — exclamó—. Sea como fuere, hoy mismo o, a más tardar, mañana temprano…

Yo no reconocía a Tonia. ¡Cuánta indómita energía había encerrada en esta joven que sabía trabajar de manera tan tranquila y metódica! Y toda esta transformación la había producido una palabra mágica: Paley. Yo no tuve valor para preguntarle quién era él y procuré irme lo más pronto posible a casa.

No voy a ocultar que no dormí esta noche, me sentía muy triste, y al día siguiente no fui a casa de Tonia.

Pero al atardecer ella misma vino a verme, tranquila y afable como siempre. Sentándose en una silla me dijo:

— Ya he averiguado lo que es Ketz: es una nueva ciudad en el Pamir que aún no está en el mapa. Yo parto hacia allá mañana y usted debería venir conmigo. A ése de la barba negra no lo conozco, usted me ayudará a buscarle. Pues la culpa es suya, Leonid Vasilevich, ya que no preguntó el nombre de la persona que tiene noticias sobre Paley.

Yo me quedé con los ojos abiertos de asombro. ¡Vaya! ¡No faltaba más! ¡Dejar mi laboratorio, el trabajo científico, y correr tras un desconocido hacia el Pamir para buscar a un tal Paley!

— Antonina Ivanovna — empecé yo con sequedad—, usted, claro está, sabe que más de una institución espera la terminación de mis experimentos científicos.



4 из 173