

Andrea Camilleri
La Excursión A Tindari
Título original: La Gita a Tindari
Traducción: María Antonia Menini Pagès
Uno
Que estaba despierto lo comprendía porque su cabeza razonaba con lógica y no siguiendo el absurdo laberinto del sueño, porque oía el susurro regular de las olas y sentía la suave brisa del amanecer penetrando a través de la ventana abierta de par en par. Pero él se empeñaba en mantener los ojos cerrados: sabía que todo el mal humor que lo mortificaba por dentro se derramaría por fuera en cuanto abriera los ojos y le induciría a hacer o decir bobadas de las que poco después tendría que arrepentirse.
Oyó el silbido de alguien que caminaba por la playa. A aquella hora, forzosamente tenía que ser alguien que iba a trabajar a Vigàta. Conocía la melodía, pero no recordaba ni el título ni la letra. Por otra parte, ¿qué más le daba? Jamás había conseguido silbar, ni siquiera metiéndose un dedo en el culo. «Se puso un dedo en el culo / y soltó un silbido agudo / la señal convenida / de los guardias de la villa…» Era una idiotez que alguna vez le había canturreado al oído un amigo milanés de la Academia de policía y que se le había quedado grabada en la memoria. Precisamente por esta incapacidad suya, en la escuela primaria siempre había sido la víctima predilecta de sus compañeros de clase, que eran maestros consumados en el arte de silbar al estilo pastor, marinero o montañés, añadiéndoles originales variaciones. ¡Los compañeros! ¡Ésta era la causa de su mala noche! El recuerdo de sus compañeros y la noticia que había leído en el periódico poco antes de irse a dormir, según la cual el señor Carlo Militello, que aún no había cumplido los cincuenta, había sido nombrado presidente del segundo banco más importante de la isla.
