El periódico felicitaba efusivamente al nuevo presidente, cuya fotografía publicaba: gafas de montura indudablemente de oro, traje de firma, camisa impecable, corbata superelegante. Un triunfador, un hombre de orden, defensor de los grandes Valores con mayúscula (tanto los de la Bolsa como los de la Familia, la Patria y la Libertad). ¡Montalbano recordaba muy bien a aquel compañerito suyo, no de la escuela primaria sino del 68!

«¡Ahorcaremos a los enemigos del pueblo con sus corbatas!»

«¡Los bancos sólo sirven para ser atracados!»

Carlo Militello, apodado «Carlos Martel», tanto por sus aires de jefe supremo como porque utilizaba contra sus adversarios unas palabras que parecían martillazos y unas hostias mucho peores que los martillazos. El más intransigente, el más inflexible, aquel en comparación con el cual Ho Chi Min, al que tanto se invocaba en las manifestaciones, hubiera parecido un reformista socialdemócrata. Había obligado a todos a dejar de fumar para no enriquecer al Monopolio del Estado; porros y canutos sí, a voluntad. Afirmaba que sólo en un momento de su vida el camarada Stalin había actuado debidamente: cuando había empezado a robar a los bancos para financiar el partido. «Estado» era una palabra que causaba malestar a todos, que los enfurecía como a toros delante de la muleta. De aquellos días, Montalbano recordaba sobre todo una poesía de Pasolini que defendía la acción de la policía contra los estudiantes en Valle Giulia, en Roma. Todos sus compañeros habían escupido sobre aquellos versos; sin embargo, él había intentado defenderlos: «Pero la poesía es bonita.» Poco habría faltado para que Carlos Martel le partiera la cara con una de sus mortales hostias si otros no lo hubieran sujetado. ¿Por qué motivo aquella poesía no le había desagradado? ¿Acaso había visto marcado en ella su destino de policía? Sea como fuere, a lo largo de los años, había visto cómo sus compañeros, los míticos del 68 empezaban a «razonar».



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