
– ¿Qué coche es?
– Un Punto. Tenía otro en el garaje. Un Duetto. ¿Me explico?
– ¿Era un ocioso?
– Sí, señor. ¡Y hay que ver lo que tenía en casa! Todo de último modelo: televisor con antena parabólica en la azotea, ordenador, vídeo, cámara de vídeo, fax, frigorífico… Y tenga en cuenta que no he mirado con detenimiento. Hay videocasetes, y discos compactos y disquetes para el ordenador… Habrá que examinarlo.
– ¿Hay noticias de Mimì?
Fazio, que se había embalado, se desorientó.
– ¿Quién? Ah, sí, el subcomisario Augello; apareció poco antes de la llegada del suplente del juez suplente. Echó un vistazo y se fue.
– ¿Sabes adónde?
– Cualquiera sabe. Volviendo a lo de antes, Nenè Sanfilippo introduce la llave en la cerradura y, en aquel momento, alguien lo llama.
– ¿Cómo lo sabes?
– Porque le han disparado a la cara, dottore. Al oír que lo llaman, Sanfilippo se vuelve y se acerca a la persona que lo ha llamado. Cree que será cuestión de pocos minutos porque deja la llave en la cerradura, no se la vuelve a guardar en el bolsillo.
– ¿No ha habido pelea?
– Parece ser que no.
– ¿Has examinado las llaves?
– Había cinco, señor comisario. Dos de Via Cavour: portal y puerta del apartamento. Dos de la casa de la madre: portal y puerta del apartamento. La quinta es una de esas llaves ultramodernas que los que las venden aseguran que no se pueden duplicar. No sabemos de qué puerta era.
– Un chaval interesante ese Sanfilippo. ¿Hay testigos?
Fazio soltó una carcajada.
– ¿Está usted de guasa, dottore?
Dos
Los interrumpieron unas voces airadas procedentes de la antesala. Estaba claro que era una trifulca.
