
Montalbano se quedó de una pieza.
– ¡Virgen santísima! -exclamó Fazio.
A Gallo le dio un fuerte ataque de tos y abandonó el despacho en busca de un vaso de agua. Davide Griffo palideció y, asustado por el efecto de sus palabras, miró a su alrededor.
– ¿Qué he dicho? -preguntó con un hilillo de voz.
En cuanto Fazio se detuvo delante del número 44 de Via Cavour, Davide Griffo abrió la portezuela y cruzó precipitadamente el portal.
– ¿Por dónde empezamos? -preguntó Fazio mientras cerraba el coche.
– Por los viejecitos desaparecidos. El muerto ya está muerto y puede esperar.
En el portal se tropezaron con Griffo que estaba volviendo a salir a la velocidad de un pedrusco lanzado con tirachinas.
– ¡La portera me ha dicho que esta noche ha habido un homicidio! ¡Uno que vivía en esta casa!
Sólo entonces se percató de la silueta del cuerpo de Nenè Sanfilippo dibujada en blanco sobre la acera. Empezó a experimentar fuertes temblores.
– Tranquilícese -le dijo el comisario, apoyando una mano en su hombro.
– No… es que temo…
– Señor Griffo, ¿piensa que sus padres podrían estar implicados en un caso de homicidio?
– ¿Bromea usted? Mis padres son…
– Pues entonces. No se preocupe porque esta mañana hayan matado a una persona aquí delante. Mejor vamos a ver.
La señora Ciccina Recupero, portera, daba vueltas en los dos metros por dos de su garita como uno de esos osos que enloquecen en la jaula y empiezan a balancearse sobre las patas. Se lo podía permitir porque estaba en los puros huesos, y el poco espacio de que disponía le bastaba y sobraba para moverse.
– ¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ¡Virgen santísima! ¿Qué ha pasado en esta casa? ¿Qué ha pasado? ¿Qué mal de ojo le han echado? ¡Aquí hay que mandar llamar enseguida al cura para que venga con el agua bendita!
