
Montalbano la sujetó por el brazo, o más bien por el hueso del brazo, y la obligó a sentarse.
– No haga teatro. Deje de santiguarse y conteste a mis preguntas. ¿Desde cuándo no ve a los señores Griffo?
– Desde la mañana del sábado pasado, cuando la señora regresó de la compra.
– ¿Estamos a martes y usted no se preocupó?
La portera se ofendió.
– ¿Y por qué habría tenido que hacerlo? ¡Ésos no le daban confianzas a nadie! ¡Eran unos orgullosos! ¡Y me importa un carajo que el hijo me oiga! ¡Salían, regresaban con la compra, se encerraban en casa y en tres días no los veía nadie! Tenían mi número de teléfono: ¡si necesitaban algo, llamaban!
– ¿Y había ocurrido?
– ¿Qué?
– Que la llamaran.
– Sí, había ocurrido algunas veces. Cuando el señor Fofò, el marido, estuvo enfermo, la mujer me llamó para que le hiciera compañía mientras ella iba a la farmacia. Otra vez, cuando se les rompió el tubo de la lavadora y el agua los inundó. La tercera vez, cuando…
– Ya basta, gracias. ¿Ha dicho usted que no tiene la llave?
– ¡No es que lo haya dicho, es que no la tengo! La llave la señora Griffo me la dejó el año pasado en verano, cuando fueron a ver a su hijo a Messina. Le tenía que regar las plantitas del balcón. Después quisieron que se la devolviera sin darme ni siquiera las gracias, nada, sin decir ni oxte ni moxte, ¡como si yo fuera su criada, su esclava! ¿Y ahora me viene usted a decir que tenía que preocuparme? Si hubiera subido al cuarto piso y les hubiera preguntado si necesitaban algo, ¡igual me mandaban al carajo!
– ¿Subimos? -le preguntó el comisario a Davide Griffo, que permanecía apoyado en la pared como si las piernas no le sostuvieran el cuerpo.
Tomaron el ascensor y subieron a la cuarta planta. Davide salió rápidamente. Fazio acercó los labios al oído del comisario.
– Hay cuatro apartamentos por planta. Nenè Sanfilippo vivía justo debajo del de los Griffo -dijo, señalando con la barbilla a Davide, que, con todo el cuerpo arrimado a la puerta del 17, estaba llamando absurdamente al timbre.
