
– ¡Te juro que te lo habría dicho, Salvo! De no haber sido por tu reacción, que me trastornó…
– Mimì, mírame a los ojos y dime toda la verdad: ¿ya has presentado la solicitud de traslado?
– Sí, la presenté, pero…
– ¿Y qué dijo Bonetti-Alderighi?
– Que eso exigiría un poco de tiempo. Y dijo también que… Nada.
– Habla.
– Dijo que se alegraba. Que ya había llegado la hora de que aquella camarilla de mafiosos que era la comisaría de Vigàta, fueron sus palabras textuales, empezara a disgregarse.
– ¿Y tú…?
– Bueno…
– Vamos, no te hagas de rogar.
– Retiré la solicitud que había dejado en su escritorio. Le dije que quería pensarlo.
Montalbano permaneció un buen rato en silencio. Mimì parecía recién salidito de la ducha. Después el comisario le señaló el mamotreto que le había entregado Catarella.
– Esto es todo lo que había en el ordenador de Nenè Sanfilippo. Una novela y muchas cartas, digamos de amor. ¿Quién más indicado que tú para leer todo eso?
Cuatro
Fazio lo llamó para comunicarle el nombre del chófer que había conducido el autocar de Vigàta a Tindari, tanto a la ida como a la vuelta: se llamaba Filippo Tortorici, hijo del difunto Gioacchino y de… Se detuvo a tiempo, pues incluso a través del teléfono había percibido el creciente nerviosismo del comisario. Añadió que el conductor se encontraba de servicio, pero que el señor Malaspina, con quien estaba elaborando la lista de los participantes en la excursión, le había asegurado que lo enviaría a la comisaría en cuanto regresara, sobre las tres de la tarde. Montalbano consultó el reloj: tenía dos horas libres.
