Catarella, con los ojos todavía más enrojecidos y los cabellos tan de punta que parecía un loco de manual de psiquiatría, se presentó con un grueso fajo de papeles bajo el brazo.

– ¡Lo he impreso todo pero lo que se dice todo, dottori!

– Muy bien, déjalo aquí y vete a dormir. Nos veremos a última hora de la tarde.

– Como usted mande, dottori.

¡Virgen santa! ¡Ahora tenía en la mesa un mamotreto de seiscientas páginas como mínimo!

Entró Mimì con una pinta tan radiante que Montalbano experimentó un acceso de celos, y recordó inmediatamente su pequeña trifulca telefónica con Livia. Su rostro se ensombreció.

– Oye, Mimì, a propósito de aquella Rebeca…

– ¿Qué Rebeca?

– Tu novia, ¿no? Esa con quien te quieres maridar, no desposar como has dicho tú…

– Es lo mismo.

– No, no es lo mismo, créeme. Bien, pues a propósito de Rebeca…

– Se llama Rachele.

– Bueno, como se llame. Me parece recordar que me dijiste que era inspectora de policía y que trabajaba en Pavía. ¿Es así?

– Es así.

– ¿Ha pedido el traslado?

– ¿Y por qué habría tenido que hacerlo?

– Mimì, trata de razonar. ¿Qué vais a hacer cuando os caséis? ¿Seguir tú en Vigàta y Rebeca en Pavía?

– ¡Y dale, qué pesadez! Se llama Rachele. No, no ha presentado la solicitud de traslado. Sería prematuro.

– Pero antes o después lo tendrá que hacer.

– No creo que lo haga.

– ¿Por qué?

– Porque hemos decidido que la solicitud de traslado la presentaré yo.

Los ojos de Montalbano se transformaron en los de una serpiente: inmóviles y más fríos que el hielo.

«Ahora le saldrá de la boca una lengua bífida», pensó Augello, empapado de sudor.

– Mimì, eres un mariconazo. Anoche, cuando fuiste a verme, era sólo para contarme de la misa la media. Me hablaste de la boda, pero no del traslado, que para mí es lo más importante. Y tú lo sabes muy bien.



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