– ¿Y yo? ¿Yo qué hago? -se preguntó.

Una de las razones por las que temía el ascenso y el inevitable traslado era la certeza de que, en otro lugar, jamás podría volver a formar un equipo como el que había conseguido milagrosamente reunir en Vigàta. Pero, mientras lo pensaba, comprendió que ésta tampoco era la verdad acerca de lo que estaba ocurriendo, acerca del sufrimiento («qué caray, al final has conseguido decir la palabra apropiada, ¿qué pasa, te daba vergüenza?, repite la palabra, hombre»), del sufrimiento que estaba experimentando. Quería a Mimì, lo consideraba, más que un amigo, un hermano pequeño, de ahí que su abandono anunciado lo hubiera golpeado en medio del pecho con toda la fuerza de un disparo de revólver. Le había pasado un instante por la cabeza la palabra «traición». Y Mimì había tenido el valor de sincerarse con Livia, ¡en la absoluta seguridad de que ésta, a él, nada menos que su hombre, por Dios bendito, no le diría nada! Y también le había hablado de la posible solicitud de traslado, y ella ni siquiera eso le había comentado, ¡cómplice en todo de su amigo Mimì! ¡Menuda pareja!

Comprendió que el sufrimiento se estaba transformando en una furia insensata y estúpida. Se avergonzó: lo que en aquellos momentos estaba pensando no era propio de él.

Filippo Tortorici se presentó a las tres y cuarto, con la respiración ligeramente entrecortada. Era un escuchimizado hombrecillo de cincuenta y tantos años, con un mechoncito de cabello justo en el centro de la cabeza totalmente pelada. Igual que la de un pájaro que Montalbano había visto en un documental sobre la Amazonia.

– ¿De qué me quiere hablar usía? Mi jefe, el señor Malaspina, me ha ordenado venir a verlo enseguida, pero no me ha dado ninguna explicación.



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