Así que, cuando una noche Livia lo llamó trastornada para decirle que, en su ausencia, los ladrones le habían desvalijado su casa de Boccadasse, él, tras dar silenciosamente las gracias a los ladrones genoveses, consiguió mostrarse disgustado, aunque no todo lo que hubiera debido.

Sonó el teléfono.

Su primera reacción fue cerrar todavía más fuerte los ojos, pero no dio resultado, pues es bien sabido que la vista no es el oído. Hubiera tenido que taparse las orejas, pero prefirió colocar la cabeza bajo la almohada. Nada: débil y lejano, el timbre insistía. Se levantó soltando palabrotas, entró en la otra habitación y cogió el teléfono.

– Aquí Montalbano. Debería decir diga, pero no lo digo. La verdad es que no me apetece oír nada.

Hubo un prolongado silencio en el otro extremo de la línea. Después se oyó el sonido del teléfono al ser colgado. Y ahora que había tenido aquella ocurrencia, ¿qué hacer? ¿Volver a acostarse y seguir pensando en el presidente del Interbanco que, cuando todavía era el camarada Martel, se había cagado públicamente sobre una cartera llena de billetes de diez mil liras? ¿O ponerse el traje de baño y darse un buen chapuzón en el agua helada? Optó por la segunda solución, por si el baño lo ayudaba a calmarse. Se adentró en el mar y se quedó medio paralizado. ¿Quería o no quería entender que quizá, a sus casi cincuenta años, ya no era lo más apropiado? Ya no estaba para esos trotes. Regresó tristemente a la casa y desde unos diez metros de distancia oyó el timbre del teléfono. Lo único que se podía hacer era aceptar las cosas tal como estaban. Y, para empezar, contestar aquella llamada.

Era Fazio.

– Tengo una curiosidad. ¿Eres tú el que me ha llamado hace un cuarto de hora?

– No, dottore. Ha sido Catarella. Me ha dicho que usted le ha contestado que no le apetecía oír nada. Entonces he esperado un poco y he vuelto a llamar yo. ¿Ahora ya le apetece, señor comisario?



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