Y, razona que te razonarás, los furores abstractos se habían ido ablandando y posteriormente transformando en aquiescencias concretas. Y ahora, exceptuando a uno que soportaba con extraordinaria dignidad desde hacía más de diez años juicios y cárcel por un delito claramente no cometido ni ordenado, y a otro misteriosamente asesinado, todos los demás se habían colocado estupendamente bien, saltando de la izquierda a la derecha, de nuevo a la izquierda y otra vez a la derecha, y los había que dirigían periódicos y cadenas de televisión, o se habían convertido en peces gordos del Estado ya que eran diputados o senadores. Puesto que no habían conseguido cambiar la sociedad, habían cambiado ellos. O ni siquiera habían tenido necesidad de cambiar porque en el 68 se habían limitado a hacer teatro, poniéndose disfraces y máscaras de revolucionarios. El nombramiento de Carlos ex Martel no le había caído nada bien. Sobre todo porque le había inducido otra idea, sin duda la más molesta de todas ellas.

«¿No serás tú de la misma calaña que esos a los que tanto criticas? ¿No sirves acaso a aquel Estado contra el que con tanto ardor combatías a los dieciocho años? ¿No será que te reconcomes de envidia porque a ti te pagan cuatro cuartos y, en cambio, los demás ganan cientos de millones?»

La persiana dio un golpe a causa de una ráfaga de viento. No, no la cerraría aunque se lo ordenara el mismísimo Dios. Recordaba el tostón de Fazio:

– ¡Dottore, perdone, pero usted se lo ha buscado! ¡No sólo vive en un chaletito aislado de planta baja sino que, encima, deja la ventana abierta por la noche! ¡De esta manera, si hay alguien que le quiere mal, y lo hay, puede entrar tranquilamente en su casa cuando le dé la gana!

Había otro tostón que se llamaba Livia:

– ¡No, Salvo, la ventana abierta por la noche no!

– Pero tú, en Boccadasse, ¿no duermes con la ventana abierta?

– ¿Y eso qué tiene que ver? Para empezar, vivo en un tercer piso y, además, en Boccadasse no hay los ladrones que hay aquí.



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