– ¿Usted está seguro de que los Griffo regresaron a Vigàta?

– Comisario, yo a la vuelta no estoy obligado a pasar lista. Si esos señores no hubieran subido después de alguna parada, los compañeros de viaje se habrían dado cuenta. Por otra parte, yo antes de reanudar la marcha toco tres veces el claxon y espero como mínimo tres minutos.

– ¿Recuerda dónde hizo las paradas extra durante el viaje de regreso?

– Sí, señor. La primera, en la autovía de Enna, en la estación de servicio Cascino; la segunda, en la Palermo-Montelusa, en la trattoria San Gerlando, y la última, en el bar trattoria Paradiso, a media hora de camino de aquí.

Fazio regresó cuando estaban a punto de dar las siete.

– Te lo has tomado con calma, ¿eh?

Fazio no contestó; cuando el comisario hacía reproches injustificados significaba que sólo quería desahogarse. Contestar hubiera sido peor.

– Voy al grano, dottore. Las personas que participaron en aquella excursión fueron cuarenta y dos. Diecinueve maridos y otras tantas esposas, que suman treinta y ocho; más dos amigas que suelen hacer estos viajes, cuarenta, y los gemelos Lagagnà, que no se pierden ninguna excursión, no están casados y viven juntos en la misma casa. Entre los participantes en la excursión estaban también los señores Griffo, Alfonso y Margherita.

– ¿Les has dicho a todos que vengan aquí mañana a las nueve?

– Sí. Y no por teléfono sino yendo casa por casa. Le advierto que a dos de ellos no les será posible venir; habrá que ir a verlos si queremos interrogarlos. Se llaman Scimè: la señora tiene la gripe y el marido no puede moverse porque tiene que estar con ella. Comisario, me he tomado una libertad.

– ¿Cuál?

– Los he dividido en grupos. Vendrán de diez en diez a intervalos de una hora. De esta manera habrá menos jaleo.

– Has hecho bien, Fazio. Gracias, ya te puedes ir.



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