– No lo sé, dígamelo usted.

– Vuelven al autocar para echar una siesta. Cuando se despiertan, se van a pasear por el pueblo, compran regalitos, recuerdos. A las seis, es decir, a las dieciocho, paso lista y nos vamos. A las ocho está prevista una parada en un bar situado a medio camino para tomar un café con leche con galletas, todo eso también incluido en el precio. Tendríamos que llegar a Vigàta a las diez de la noche.

– ¿Por qué ha dicho que tendrían?

– Siempre acabamos llegando más tarde.

– ¿Y eso?

– Señor comisario, ya se lo he dicho: los pasajeros son todos viejecitos.

– ¿Y qué?

– Si un pasajero o una pasajera me pide que pare en el primer bar o la primera gasolinera porque se le está escapando una necesidad, ¿qué quiere que haga, que no me pare? Me paro.

– Comprendo. ¿Y usted recuerda si, durante el viaje de vuelta del domingo pasado, alguien le pidió que parara?

– ¡Comisario, me hicieron llegar casi a las once! ¡Tres veces! ¡Y la última vez, cuando faltaba menos de media hora para llegar a Vigàta! Tanto es así que les pregunté si se podían aguantar, pues ya estábamos a punto de llegar. Nada, no hubo manera. ¿Y sabe lo que ocurre? Que, si baja uno, bajan todos, a todos les entran ganas, y de esta manera se pierde un montón de tiempo.

– ¿Usted recuerda quién le pidió que hiciera la última parada?

– No, señor, sinceramente no lo recuerdo.

– ¿Ocurrió algo especial, algo curioso o insólito?

– ¿Qué quiere usted que ocurriera? Si ocurrió, no me di cuenta.



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