– Sacad de aquí a esta mujer.

– Pero es que es la madre, dottori.

– Que se vaya a llorar a su casa. Aquí sólo sirve para estorbar. ¿Quién la ha avisado? ¿Ha oído el disparo y ha bajado a la calle?

– No, dottore. La señora no ha podido oír el disparo, pues vive en Via Autonomia Siciliana doce. Se ve que alguien la ha avisado.

– ¿Y ella ya estaba allí preparada con el vestido negro y todo?

– Es viuda, dottore.

– Está bien, con buenos modales, pero sacadla de aquí.

Cuando Montalbano hablaba de aquella manera quería decir que no se le podía llevar la contraria. Fazio se acercó a los dos hombres, habló con ellos en voz baja y ambos se llevaron a rastras a la mujer.

El comisario se acercó al doctor Pasquano, que estaba agachado junto a la cabeza del muerto.

– ¿Bien?

– Es evidente que bien no está -contestó el forense en tono más desabrido que el de Montalbano-. ¿Necesita que le explique yo la faena? Han efectuado un solo disparo. Justo en medio de la frente. En la parte posterior, el orificio de salida se ha llevado por delante medio cráneo. ¿Ve aquellos pequeños grumos? Son una parte del cerebro. ¿Le parece suficiente?

– ¿Cuándo ha ocurrido, a su juicio?

– Hace unas cuantas horas. Sobre las cuatro, quizá a las cinco.

Muy cerca de allí, Vanni Arquà examinaba con mirada de arqueólogo que acabara de tropezarse con un hallazgo del paleolítico, una piedra de aspecto absolutamente normal. A Montalbano no le caía nada bien el nuevo jefe de la Policía Científica, y la antipatía era claramente compartida.

– ¿Lo han matado con eso? -preguntó el comisario, señalando la piedra con aire inocente.



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