Vanni Arquà lo miró con visible desprecio.

– ¡No diga bobadas! Fue un disparo de arma de fuego.

– ¿Han encontrado la bala?

– Sí. Alojada en la madera del portal, que todavía estaba cerrado.

– ¿Y el casquillo?

– Mire, comisario, yo no tengo por qué contestar a sus preguntas. La investigación, por orden del jefe superior, será dirigida por el jefe de la Móvil. Usted deberá limitarse a prestar apoyo.

– ¿Y qué estoy haciendo? ¿Acaso no presto apoyo, aguantándolo a usted con más paciencia que un santo?

Al juez suplente Tommaseo todavía no se le había visto el pelo en el escenario del crimen y, por consiguiente, aún no se podía llevar a cabo el levantamiento del cadáver.

– Fazio, ¿cómo es posible que el subcomisario Augello no esté aquí?

– Está en camino. Ha dormido en Fela en casa de unos amigos. Lo hemos localizado a través del móvil.

¿En Fela? Aún tardaría media hora en llegar a Vigàta. ¡Y cualquiera sabía en qué estado se presentaría! ¡Muerto de sueño y de cansancio! Unos amigos, ¡una mierda! Seguramente había pasado la noche con una mujer cuyo marido habría ido a rascarse los cuernos a otro sitio.

Se acercó Galluzzo.

– Acaba de telefonear el juez suplente Tommaseo. Dice que si lo vamos a recoger con un coche. Se la ha pegado contra un poste a tres kilómetros de Montelusa. ¿Qué hacemos?

– Ve a recogerlo.

Nicolò Tommaseo raras veces conseguía llegar a un sitio con su automóvil. Conducía como un perro drogado. Al comisario no le apetecía esperarlo. Antes de irse, echó un vistazo al muerto, un chaval de poco más de veinte años, vaqueros, cazadora, coleta y pendiente. Los zapatos le debían de haber costado un dineral.

– Fazio, yo me voy a la comisaría. Espera tú al suplente y al jefe de la Móvil. Nos vemos luego.

Sin embargo, decidió irse al puerto. Dejó el coche en el muelle, y echó a andar pasito a pasito por el ramal de levante hacia el faro.



7 из 208