
—Bueno, no creo que llegue hasta aquí. Lo cogerán —volvió a decir mi padre después de un prolongado e intenso silencio. Se levantó para enjuagar su vaso. Yo me puse a canturrear para mis adentros, que es algo que siempre solía hacer cuando me entraban ganas de sonreír o reír pero me lo pensaba dos veces. Mi padre me miró—. Me voy a mi despacho. No olvides cerrar la puerta, ¿me has oído?
—No te preocupes —le dije asintiendo con la cabeza.
—Buenas noches.
Mi padre salió de la cocina. Yo me senté y miré mi pala, Golpeduro. Tenía unos granos de arena seca adheridos, así que se los sacudí. El despacho. Uno de mis pocos deseos insatisfechos que me gustaría cumplir consiste en llegar a entrar en el despacho del viejo. El sótano he podido verlo por fin, y alguna vez he estado allí; conozco todos los cuartos de la planta baja y del segundo piso; el desván es mi territorio privado y nada menos que el hogar de la Fábrica de las Avispas; pero sigo sin conocer ese cuarto del primer piso; ni siquiera le he echado un vistazo por dentro.
Sé que ahí guarda algunos productos químicos, y supongo que hace experimentos o algo así, pero no tengo ni idea de cómo es la habitación ni de lo que realmente hace allí. Lo único que he podido sacar en claro son algunos olores extraños y el toc-toc del bastón de mi padre.
Acaricié el mango de la paleta preguntándome si mi padre tendría un nombre para su bastón. Lo dudaba. No le da la misma importancia que yo a esas cosas.Yo sé que son importantes.
Me parece que hay un secreto en el despacho. Él lo ha insinuado más de una vez, vagamente, lo suficiente como para despertar mi curiosidad e incitarme a que se lo pregunte y comprobar así que quiero preguntárselo. Pero por supuesto que no pienso preguntarle nada, porque no conseguiría ninguna respuesta fiable.
